lunes, 20 de julio de 2009

Sobre Mendel

La reciente publicación en español del trabajo más importante de Gregor Mendel, Experimentos sobre híbridos en las plantas [Versuche über Pflanzenhybriden], publicado por la editorial KRK en su colección Cuadernos de pensamiento, traducido por Arturo Burkart y un epílogo de Emilia Vázquez Menéndez, lleva una introducción de Andrés Moya en el que abunda sobre todos los tópicos, completamente equivocados, que suelen aparecer siempre que se habla de la obra de Mendel y del triple redescubrimiento que en 1900 llevaron a cabo Hugo de Vries, Carl Correns y Erich von Tschermak. Fue entonces cuando el trabajo de Mendel comenzó a difundirse, se afirma en el libro.

Nada de esto es cierto, la obra de Mendel no se publicó en ningún lugar apartado, sino en una de las revistas más conocidas sobre biología en alemán, Verhandlungen des naturforschenden Vereines in Brünn, Bd. IV für das Jahr 1865, Abhandlungen, 3-47. El alemán era la lengua de la ciencia en el siglo XIX y naturalmente está perfectamente documentado en qué bibliotecas se recibía, entre ellas estaban, por supuesto, las de las universidades de Oxford y Cambridge, en el British Museum e incluso en la biblioteca de la Royal Society, de la que era miembro Charles Darwin, institución a la que asistía con frecuencia. Más aún, Mendel figuraba ya en la Enciclopaedia Britannica, de lo que fácilmente se sigue que sus descubrimientos no eran precisamente nada exotéricos ni desconocidos.

Pero hay más. El propio Charles Darwin poseía en su biblioteca un libro en el que se daba cuenta de los recientes descubrimientos de Mendel. Todo esto echa por tierra, obviamente, la idea de que los trabajos de Mendel eran rarísimos, desconocidos para el público en general y los especialistas en particular, incluido el propio Darwin.

Pocas veces se quiere reconocer que si Darwin publicó el Origen de las especies hace 150 años se debió a que Wallace (cuyas teorías se aproximan mucho más a las teorías de Mendel que las del propio Darwin) escribió una carta al biólogo inglés comunicándole su descubrimiento y éste, temeroso de perder la prioridad en su descubrimiento, dio a publicar rápidamente, tras pactar con Wallace, el Origen de las especies.

Quizá sea esta una de las razones, lo apresurado de su publicación, lo que explica las continuas modificaciones de la teoría que Darwin fue llevando a cabo a lo largo de las diez ediciones que tuvo la obra, y en las últimas de las cuales cada vez se aproximó más al lamarckismo, que justamente pretendía refutar ya en la primera edición.

Por desgracia, no se dispone aún, por asombroso que pueda parecer, de una edición crítica del Origen de las especies. La obra de Ernest Mayr, no es en absoluto una edición crítica, ni desde el punto de vista de la ecdótica, ni mucho menos en el sentido habitual que tiene la palabra crítica, sino todo lo contrario.

Escribo estas líneas desde mi zarzamora, estando en capilla para mi operación de aneurisma de aorta ascendente que tendrá lugar dentro de unas horas. Cuando pueda añadiré algunas precisiones bibliográficas que a mí, como profano en esta materia, no me costará sin embargo mucho encontrar, pero que parece que los especialistas sí, ya que repiten una y otra vez la idea de que la obra de Mendel era desconocida, que no se redescubrió hasta 1900 y que por eso Darwin no pudo disponer de ella.

sábado, 11 de julio de 2009

Fragmenta collecta I : reseña de Un siglo de bibliografía en España : los concursos bibliográficos de la Biblioteca Nacional (1857-1953)

Como me ha gustado mucho recuperar en anteriores entradas algunos textos que, por distintas razones, o bien se habían quedado inéditos, o bien se han publicado en sitios y formas poco o nada accesibles, voy a recuperar aquí algunos escritos que han tenido la misma fortuna.

Muchos de ellos son artículos, reseñas o crónicas que no aparecieron en el Boletín de la Biblioteca de Menéndez Pelayo el último año en que fuí director del mismo y que correspondía al volumen LXXVIII (2002).

Las razones para que no se publicaran estos textos son tan risibles como las que impidieron o han pospuestos artículos o capítulos semejantes en otros lugares y ocasiones. Lo que hace pasar de la risa al llanto es que las razones por las que un grupo de destacados intelectuales cántabros censuró (no hay otra palabra) todos estos textos al Director del Boletín, Secretario General de la Sociedad y Director de la Biblioteca de Menéndez Pelayo, quizá sea mejor contarlas en otra ocasión. Por cierto, que aprovecho en este lugar un tanto recóndito de la red para recordar que sigo siendo Director de la Biblioteca de Menéndez Pelayo, en excedencia, y que la actual dirección, aunque sea de modo provisional, se caracteriza fundamentalmente por incumplir de forma flagrante, no ya la letra, sino el espíritu mismo, la última razón incluso del testamento de Menéndez Pelayo, por el cual don Marcelino donó su biblioteca a la ciudad de Santander, bajo determinadas condiciones.

Como me voy a someter a una cirugía de aneurisma de aorta ascendente el próximo martes dia 21 de julio de 2009, y como me imagino que durante algún tiempo no podré volver a publicar ninguna otra entrada en este blog, incluyo aquí a partir de ahora uno de aquellos textos para proseguir la tarea más adelante.


Un siglo de bibliografía en España : los concursos bibliográficos de la Biblioteca Nacional (1857-1953) / Juan Delgado Casado. - Madrid : Ollero y Ramos Editores, 2001. - 2 v. (976 p.) - ISBN 84-7895-153-9

La lectura del libro objeto de esta reseña proporciona una impresión melancólica al lector, sobre todo si es aficionado a la bibliografía o si considera que esta ciencia auxiliar es imprescindible para cualquier tipo de investigación. En efecto, son tales los avatares sufridos por los bibliógrafos a la hora de realizar sus repertorios, de conseguir verlos publicados o de lograr cierto reconocimiento que sorprende que tantos investigadores de primer orden hayan consagrado sus esfuerzos a una disciplina tan poco considerada y tan escasamente prestigiosa.

El trabajo de Juan Delgado Casado, que en los últimos años viene elaborando repertorios absolutamente imprescindibles, está confeccionado fundamentalmente a partir de una fuente principal que es el Archivo de la Biblioteca Nacional y ha visto la luz gracias a la vocación de un editor tan admirable como Julio Ollero, que está logrando que su catálogo editorial reúna todo un conjunto de títulos del máximo nivel y que resultan ineludibles tanto para el trabajo bibliográfico como para el bibliotecario (como parece evidente), así como propedeúticamente para cualquier investigación.

Conviene decir que el Archivo de la Biblioteca Nacional es extraordinariamente interesante, a pesar de lo cual y quizá por aquello de que en casa del herrero cuchillo de palo, nunca ha habido un archivero para ocuparse de él. En la última década se empezó a catalogar, utilizando una herramienta informática tan poco apropiada como el sistema Knosys y por medio de contrataciones externas de sedicentes documentalistas. Aún así, no faltó alguna dirección técnica que intentó abortar el proyecto y que, en cualquier caso, no le dio vuelos. Fruto de esa mala política es que el manejo de tan importante fuente de información está reservada a una consulta in situ y no parece probable que en los próximos años se pueda acceder a tan importantes contenidos a través de la red.

Para llevar a cabo su trabajo Juan Delgado Casado ha utilizado sistemáticamente, con mucho rigor y minuciosidad, todos los expedientes que sobre los premios bibliográficos de la Biblioteca Nacional se conservan en el Archivo de la Biblioteca, disponiéndolos en dos series distintas, de forma que la consulta sea más eficaz. Por un lado se enumeran de forma cronológica todos las convocatorias con sus correspondientes expedientes, que resultan sumamente distintos, a veces detallados y abundantes y en ocasiones escuetos al límite. En estos casos siempre se señalan los precedentes administrativos y los miembros del jurado, así como las deliberaciones e informes que se llevaron a cabo, previamente al fallo.

La segunda parte ofrece la relación alfabética de todos los bibliógrafos y las diferentes vicisitudes que siguieron sus obras y aquí tenemos lo que podemos llamar un verdadero centón de noticias, un auténtico arsenal de datos. Es impresionante la cantidad de información que sobre la elaboración de los repertorios más importantes de nuestra bibliografía está recogida en esos expedientes y resulta estupenda la capacidad de Juan Delgado Casado para resumirla y sistematizarla (quizá no habría estado de más la muestra de una ficha, de un registro, de cada uno de los repertorios, pues hasta muy avanzado el siglo XX no se pedía la utilización de las Instrucciones para la redacción de los catálogos de las bibliotecas públicas del Estado : aprobadas por Real Orden de 31 de julio de 1902 y parece que tampoco se debieron seguir muy escrupulosamente; sin embargo, creo que hubiera sido muy interesante juzgar por uno mismo la riqueza y el detalle de los asientos).

Naturalmente, y como es sabido, en esa colección de bibliografías están los mejores y más importantes repertorios que han aparecido durante un siglo, sin faltar los de aquellos bibliógrafos que nunca fueron admitidos como Hidalgo -que nunca quiso apearse de su concepción de la bibliografía- o quienes lo negaron como Rodríguez Moñino. Tenemos el caso extraordinario del Gallardo, de tan compleja elaboración, aunque quizá no con toda la información actualizada de que se dispone y que se ha publicado, o detalles que parecen confirmar la tesis, que he expuesto en otra parte, de la relación de Fuertes Acevedo con Menéndez Pelayo (el citado don Trifón Pintado era, naturalmente, el tío de don Marcelino, aunque esta minucia se le escapa a Juan Delgado).

La fuente que utiliza "hasta el sonrojo" Juan Delgado es el Ruíz Cabriada, lo cual viene a poner de manifiesto, una vez más, la extraordinaria importancia de este repertorio y lo útil que sería una reimpresión facsimilar, con un buen juego de índices, aunque el alfabético que ya tiene es magnífico, o una edición digital (o ambas cosas). La otra fuente utilizada profusamente es el Espasa, que con tanta frecuencia proporciona información de personajes de muy tercera fila, aunque no falten, como se sabe, los errores. También el autor se ha valido de toda una red de corresponsales para intentar ahondar en algunos autores de bio-bibliografía oscura y el éxito que ha solido acompañar a sus gestiones pone de manifiesto el prestigio profesional que tan merecidamente goza el doctor Delgado. Quizá alguna investigación adicional en determinados archivos, no sólo el de la Nacional, hubiera proporcionado mayores informaciones o al menos más completas en muchos casos, o en aquellos en los que las fuentes utilizadas no han sido lo bastante reveladores. Puede llamar la atención el que no se haya utilizado la información ordenada por Carlos Ramos Ruiz en su Nuevo catálogo , ya que cita su Catálogo de la documentación referente a los Archivos, Bibliotecas y Museos Arqueológicos que se custodia en el Archivo del Ministerio de Educación Nacional, pues muchos fueron los funcionarios del mismo que bien por vocación o bien como promoción profesional se presentaron a estos premios.

Como en un momento dado Juan Delgado Casado se refiere a Enrique Leguina y a su Diccionario bibliográfico de la provincia de Santander y al hecho de que yo estoy preparando la edición de la misma, pues a pesar de haber resultado ganadora en 1875 sigue inédito. Comentaré que en varias ocasiones he intentado que se publicara en la colección Pronillo que edita el Ayuntamiento de Santander, pero al parecer existe la política en esta y en otras colecciones cántabras de no editar fuentes, expresión que en labios de un historiador no cabe duda de que resulta estremecedora (por eso tuve que crear una). ¿Tardará todavía mucho más en publicarse el Leguina? ¿Todavía mucho más que el Jiménez Catalán, que estaba inédito desde 1918 y que ha aparecido en 1997? Parece que sí, puesto que ya son ciento veinticinco los años transcurridos. Similar calvario padeció el repertorio de Manuel Soto y Freire, La imprenta en Galicia, que en 1868, aunque no obtuvo el premio, fue adquirida por la Biblioteca Nacional, y en 1982 vio por fin la luz gracias a Xosé Ramón Barreiro Fernández, que ha vuelto a repetir su edición, sin apenas cambios en la colección Bibliófila de Galicia (Cfr., BBMP, LXXVI 2000, p. 681) en 1998. Otro caso es el del ya citado Máximo Fuertes Acevedo y su Ensayo de una biblioteca de escritores asturianos, presentado al concurso, sin éxito, y posteriormente publicada en 1885, en parte, bajo el título Bosquejo acerca del estado que alcanzó en todas épocas la Literatura en Asturias, seguida de un extensa bibliografía de los escritores asturianos, por no citar más que algunos cuantos casos, y sin olvidar que nada menos que el ya mencionado quinto tomo del Gallardo sigue a la espera de la mano de nieve. En cualquier caso, la obra sistemática, crítica, elegante y erudita de Juan Delgado Casado pondrá sobre la pista a más de un cazador de inéditos, que esperemos que esté a la altura del texto que se pretende rescatar.

XA.

jueves, 2 de julio de 2009

Yo guardo con amor un libro viejo

Publico aquí un artículo que, dicho con toda la vanidad del mundo, tiene un verdadero aire profético

Pero profético del bueno; de profecía cumplida

Es antiguo, pero el
Consello da Cultura Galega lo acaba de publicar, en cederrón y en la web, a través de este vínculo, en formato PDF

Se titula:
Procesos de digitalización y recuperación material bibliográfico en Galicia

sábado, 13 de junio de 2009

Reflexiones a toro pasado

Con motivo de una serie de presentaciones en diciembre del año pasado, el diario ABC me solicitó unas páginas que, al final, no se publicaron. Aprovecho este post para hacerlas públicas (dentro de lo que cabe).

La Fundación Ignacio Larramendi se ha propuesto llenar lagunas y clarificar el pasado y el presente relacionado con nuestro patrimonio intelectual y, no sólo eso, también trabaja desde sus inicios con el firme propósito de hacerlo lo más accesible y visible que sea posible mediante el uso de las nuevas tecnologías.

Si hay algo que prestigia a un país en el concierto internacional y lo hace más reconocible para sus propios ciudadanos es su contribución a los diversos campos del saber. España tiene en ese sentido mucho que decir y, sin embargo, por diversas razones que no vienen ahora al caso, ni los propios españoles sabemos bien, en muchos casos, cuál ha sido nuestra contribución cultural.

Este objetivo ha encontrado un lugar idóneo para darse a conocer públicamente en el Instituto Cervantes, donde el pasado día cuatro de diciembre se presentó el libro que recoge los proyectos de la Fundación, Bibliotecas Virtuales FHL, en su cuarta edición, así como una realización concreta de esas Bibliotecas, la edición digital Comentarios a la Política de Aristóteles en la Europa Medieval y Moderna (siglos XIII al XVII) que reune en facsímil digital, en dos discos, 53 textos de más de medio centenar de humanistas procedentes de diferentes bibliotecas del mundo, así como un estudio realizado por el compilador, el profesor de la Universidad de León Salvador Rus Rufino.


Las Bibliotecas Virtuales FHL
Bibliotecas Virtuales FHL da cuenta de la estrategia de la Fundación (en origen denominada Fundación Hernando de Larramendi, y de ahí las siglas FHL) en el campo de las Bibliotecas Virtuales de Autores y presenta, dentro del proyecto denominado Biblioteca Virtual Ignacio Larramendi, un panorama de lo que podría denominarse ciencia hispana, entendiendo por tal desde Séneca a Zubiri (por citar un título de José Luis Abellán) y que comprende no sólo el pensamiento español sino el portugués, el brasileño y el hispanoamericano.

Una de las características esenciales en este siglo XXI para asegurar la perdurabilidad y potenciar la visibilidad de la cultura iberoamericana es darla a conocer en la red. Los meritorios esfuerzos llevados a cabo desde varias instituciones para recuperar el pensamiento clásico a través de ediciones críticas, traducciones, reimpresiones o facsímiles están condenados a tener un escaso recorrido si simultáneamente no se proyectan en Internet a través de la World Wide Web.

Por este motivo, el objetivo de la Biblioteca Virtual Ignacio Larramendi es reunir mediante un amplio conjunto de procedimientos técnicos, y conforme a criterios contrastados por especialistas, información sobre los más de 700 autores seleccionados en las áreas geográficas mencionadas (y que utilizaron para expresarse no solamente el castellano sino el catalán, el gallego, el portugués, el vascuence, el latín, el árabe o el hebreo) con la finalidad de abrir un hueco en la Red a la aportación hispánica al pensamiento universal.

Una información más amplia de este proyecto puede encontrarse en la página Web de la Fundación, www.larramendi.es, donde se ofrecen alrededor de seis mil vínculos en Internet al conjunto de autores a los que se ha hecho referencia y que ha sido consultada unas 300.000 veces este año, lo que, teniendo en cuenta su actual especificidad, da una idea del interés que estos temas despiertan.

En el libro se presentan otras tres Bibliotecas Virtuales FHL, coordinadas siempre por especialistas en la materia. La que trata de la documentación histórica archivada en las catedrales, que quiere apoyar la digitalización de esos importantes fondos y que va acompañada de un estudio de José Andrés Gallego; la edición electrónica de algunos de los pensadores tradicionalistas más destacados, con un texto de Miguel Ayuso, y la Biblioteca Virtual dedicada a los comentaristas medievales y modernos de Aristóteles, introducidos por Salvador Rus.

Ofrece asimismo un importante capítulo en el que, como director de Proyectos de la Fundación, me refiero a un amplio conjunto de normativas técnicas para la creación de Bibliotecas Virtuales y Digitales susceptibles de ser recolectadas por instituciones que sigan el estándar internacional desde cualquier lugar del mundo. La Fundación Ignacio Larramendi tiene una amplia experiencia sobre este tipo de normativa, además de contar con una empresa, Digibis, líder de este sector en España.


Ignacio Hernando de Larramendi

Es de justicia detenerse en la figura del promotor de estos proyectos y que da nombre a la Fundación, Ignacio Hernando de Larramendi (1921-2001), quien ha tenido una amplísima repercusión en la sociedad iberoamericana a pesar de que en España es conocido principalmente por su labor al frente de la empresa MAPFRE (que bajo su dirección pasó de ser una pequeña mutualidad de propietarios de fincas rústicas en quiebra técnica a la primera empresa del seguro en España e Iberoamérica).

Dotado de una inmensa curiosidad intelectual, una innegable visión de futuro y una gran vocación de servicio, Larramendi puso la empresa al servicio de la cultura y desde diversas fundaciones, que él mismo creó, desarrolló una intensa labor de mecenazgo, (detallada en el libro Mecenazgo cultural, Fundación MAPFRE Tavera, 2002) con el objetivo de impulsar la presencia de Iberoamérica. Su perspectiva empresarial, centrada en la búsqueda de la eficacia y la máxima eficiencia, le hizo ver la necesidad de crear una empresa, Digibis, que pudiera dar apoyo a sus ambiciosas iniciativas por medio del desarrollo de recursos electrónicos propios, de modo y manera que sus proyectos fueran factibles y no quedaran en una simple enumeración de buenas intenciones.


La aportación científica y filosófica iberoamericana. El “Privilegio” de Plantino.
La aportación iberoamericana a la cultura universal no es discutida por nadie, pero sí su aportación científica y filosófica. Sin intentar volver a la ya superada polémica sobre la ciencia española, el proyecto de la Fundación Ignacio Larramendi pretende, mediante la utilización de las nuevas tecnologías, poner de manifiesto este mal conocido acervo, de modo análogo a como otros proyectos muy conocidos y verdaderamente encomiables, como la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, están proyectando la literatura hispanoamericana en el mundo a través de la red.

No es muy conocido el hecho de que el privilegio (o casi) que Felipe II concedió al impresor Plantino de Amberes (en esos momentos dentro de la monarquía hispánica) sobre la impresión de libros litúrgicos impidió que se desarrollase como correspondía la industria editorial española en el siglo XVII. Privada del trabajo seguro y la venta asegurada de lo que constituía prácticamente la mitad de la edición hispana, la imprenta hispana languideció hasta por lo menos el reinado de Carlos III. Y con ella la posibilidad de difundir gran parte de ese pensamiento hispano, especialmente si tenemos en cuenta el axioma: el mensaje es el medio.


Francisco Suárez, John Locke y la Independencia de Estados Unidos
¿Quién conoce, si no es un especialista, la trasmisión de las ideas que sobre el nacimiento de la democracia permite seguir –literalmente– el pensamiento de Francisco Suárez, trasmitido a John Locke y de ahí a la Declaración de Independencia de los Estados Unidos? El filósofo exiliado español Eduardo Nicol lo probó con los textos en la mano en 1954, lo que se puede ver en el libro Bibliotecas Virtuales FHL, ya que el texto original es difícil de conseguir.

Si el pensamiento hispano quiere ser conocido, si la marca España quiere tener una repercusión en el mundo y especialmente entre la cada vez más poderosa comunidad hispanohablante de Estados Unidos, es imprescindible que esa información, en definitiva, esos textos, estén en la red. ¿Se conoce verdaderamente la obra de Francisco Hernández, el copérnico de la botánica, como lo denomina el profesor Lopez Piñero? ¿O la aportación de Cristóbal de Acosta a la farmacopea?, ¿o que las láminas o el desarrollo de la obra de Andrés Vesalio tuvieron un claro impulso hispano? Existen, desde luego, algunas, y estupendas, ediciones críticas para especialistas, pero poco o nada de ello se encuentra en la red. El acceso a las obras es, sin duda, fundamental.

Así como Menéndez Pelayo, en cuya biblioteca nació en parte esta iniciativa de las Bibliotecas Virtuales de Autor, después de reunir una copiosa bibliografía sobre la ciencia española se dio cuenta de que las simples referencias eran insuficientes y se dedicó a reunir las obras físicas en su Biblioteca de Santander (la única de mis obras de la que me siento medianamente satisfecho, decía don Marcelino), la Fundación Larramendi no se conforma con recopilar las referencias sino que, mediante su correspondiente digitalización, pretende poner las obras completas de los diversos autores al alcance de todos por medio de la Web y otros formatos electrónicos si fuera necesario. Es decir, en último término crear una biblioteca virtual del pensamiento iberoamericano en la que los documentos primarios estén en la red para hacer que toda la información que estaba dispersa por el mundo esté disponible para cualquier persona, en cualquier momento y en cualquier lugar.


El slow fire y la necesidad de cooperar
Otro peligro, esta vez completamente generalizado, acosa al patrimonio bibliográfico y documental. Me refiero al slow fire, al fuego lento, el proceso mediante el cual el papel con pH ácido se deshace espontáneamente, debido al paso del tiempo, entre los dedos de una forma que guarda analogía con el llamado mal de las catedrales.

La práctica totalidad de lo impreso (o de lo manuscrito o dibujado o estampado) desde la aparición del papel de celulosa en los años treinta del siglo XIX, es decir, mucho de lo guardado en las bibliotecas, en los archivos, e incluso en los museos, desaparecerá en unas décadas como consecuencia de esa degradación espontánea y no queda otro recurso que digitalizar todos los contenidos, si ello fuera posible, antes de que desaparezcan, pues la masiva desacidificación es completamente antieconómica e incluso peligrosa para el medio ambiente.

De ahí que las Bibliotecas Virtuales FHL se hayan constituido justamente como Bibliotecas, ya que por serlo deben estar ordenadas mediante criterios técnicos bien definidos que permitan su desarrollo ordenado, bien mediante sus miles de vínculos a terceras bases de datos, entrelazando las referencias que existen a la ciencia española, bien digitalizando la misma Fundación las obras o, sobre todo, mediante convenios con terceras instituciones, todo ello en orden a difundir de la forma más amplia los fondos.

Por fortuna, si levantamos la vista y contemplamos el actual panorama en España, la situación en los últimos años, aparte de la ya mencionada Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, ha dado un paso importante hacia adelante mediante iniciativas del Ministerio de Cultura y de las Comunidades Autónomas. Gracias al uso de la digitalización avanzada y al uso de metadatos normalizados se está permitiendo crear proyectos tan importantes como las Bibliotecas Virtuales o Digitales de Andalucía, La Rioja, Castilla-La Mancha, Asturias y otras muchas, o la Biblioteca Virtual del Patrimonio Bibliográfico o de Prensa Histórica donde a lo largo de millones de páginas ya van apareciendo buena parte de esos autores que constituyen la aportación hispana al pensamiento universal. Hispana: Directorio y recolector de recursos digitales del Ministerio de Cultura es una magnífica iniciativa en ese sentido y su técnica de recolección de metadatos (idéntica a la establecida por Europeana o por muchos proyectos tanto europeos como americanos), permite acceder a centenares de miles de recursos digitales.

Quizá la clave para intentar abordar ese amplio proyecto de recuperación del patrimonio bibliográfico y documental no pueda ser otra que la cooperación entre bibliotecas, archivos y museos mediante la aplicación de las técnicas avanzadas de digitalización e intercambio de metadatos. Es una labor que no admite demora, no sólo por el inminente peligro del slow fire (expresión tan gráfica) que incendia el papel ácido, sino porque la cultura hispana debe estar firmemente establecida, muy visible y accesible, en Internet, la red de redes.

LA Fundación Ignacio de Larramendi, a través de Digibis y de convenios y promoción de actividades trabaja sin prisa pero sin pausa en muchos de estos proyectos a largo plazo contribuyendo en esa vasta tarea que se viene desarrollando de manera callada, con reflexión, tiempo y tenacidad.

lunes, 26 de enero de 2009

Crisis

No creo que sea fácil combatir la crisis, que es de carácter global, pero creo que una de los objetivos debe de ser la reducción de gastos corrientes mediante procesos cooperativos, aplicados a los cuatro funciones básicas biblioteconómicas: adquisición, proceso técnico, información bibliográfica y preservación, y que ello debe hacerse mediante dos procedimientos básicos: primero, establecimiento de todo tipo de convenios de colaboración entre instituciones y, segundo, aplicación de tecnologías de información punteras, si es posible mediante aplicaciones desarrolladas en España y con una fuerte sustento en el software de código abierto

Selección y adquisición cooperativa; Bibliografía nacional coordinada a partir de los depósitos legales, catálogos colectivos de todo tipo de materiales y recolección de metadatos; Sistemas expertos, ontologías y web semántica y web 2.0 para la difusión y acceso a la información bibliográfica; Creación de repositorios OAIS y centros locales en red de restauración y conservación.

¿Quizá un Plan Nacional de Bibliotecas, aprobado e impulsado por el Consejo de Cooperación Bibliotecaria [artículo 15.2 de la Ley 10/2007], pero encargado a un grupo de trabajo público o privado que lo elabore, para huir de las casi siempre estériles comisiones, formadas por profesionales a los que no se descarga completamente de su tareas habituales?

¿Un poquito, solo un poquito, de realismo en las Facultades o Escuelas de Documentación, que no, al parecer, de biblioteconomía?

domingo, 20 de abril de 2008

El juego del ángel

Acabo de leer en 24 horas El juego del ángel de Carlos Ruiz Zafón que se acaba de publicar el 17 de abril. Es una novela extraordinaria, una de las mejores novelas que se han escrito desde la posguerra. Sin embargo, en mi opinión, no va a tener suerte crítica. Y puede que tampoco comercial; yo no creo que los críticos y las críticas le vayan a perdonar a este autor el haber logrado un éxito tan grande con La sombra del viento, que prácticamente les pasó desapercibida cuando se publicó (y muchos meses después), y aún menos el que su autor haya permanecido separado de los habituales cenáculos en los que se cuece la vida literaria (como se ha cocido siempre) y donde se progresa y se consigue la fama crítica, los éxitos de venta y la promoción publicitaria.

Uno de los primeros críticos que he acertado a leer esta mañana ha sido el ABCD de este sábado y el buen hombre afirma que se trata de una obra folletinesca de divertimento. Quizá por eso la literatura española sea tan mediocre, por lo mediocre que es su crítica literaria. Que la literatura española tenga (de boquilla) como máximo referente a El Quijote que también era puro divertimento nos obliga a pensar que no es razonable esperar valoraciones críticas de otro tipo, más pensadas, o de mejor gusto.

(Sobre los horrores puristas posmodernos de Arcadi Espada (que no sospecha que oximorón es ahora un anglicismo y que, en realidad, y como figura de dicción, significa lo contrario que pleonasmo o redundancia) explican de sobra lo que critica en la última entrada de uno de su blogs, El Mundo por dentro dedicada a esta novela y basado, con criterio crítico criticable, en una hoja promocional).

Habrá que recordar ahora que hasta Mayans (y eso por iniciativa de editores ingleses) no comenzó a estudiarse de una manera sistemática a Cervantes y su obra mientras ésta continuaba relegada a espaldas de autores de una mediocridad verdaderamente berroqueña. Hay que reconocer lo muchísimo que se debe a la obra de Mayans , casi tanto como a la obra de Menéndez Pelayo, pero claro eso no puede ser nunca objeto de apreciación generalizada, porque, como en las novelas policiacas, sabían demasiado…

Ha aparecido también la última novela de Eduardo Mendoza, que es igualmente genial, aunque quizá no tenga el torrente narrativo, en este caso, del que abunda en el planteamiento narrativo de Zafón. Pero ya son muchas las novelas que Mendoza ha escrito y todas ellas con una misma voz, aunque con coloraturas diferentes. Pero las que sí dan la misma nota son la que provienen desde el lado de la crítica que no ha dejado la ocasión de sentar criterio y han insistido en que El asombroso viaje de Pomponio Flato se trata de un Mendoza menor. También la crítica crítica crítica ha dicho sumariamente que estamos ante un Cervantes menor (digo, ante un Mendoza menor), es decir otro divertimento, porque en el fondo lo que les gusta son obras mayores como, por ejemplo, El cerco de la Numancia, que es una tragedia, con mucha miga. No tanto porque la hayan leído con entusiasmo (vamos, que no la han leído), como porque creen saber que se ajusta a su criterio, que conocen de lo que trata y, además, porque la representaron en los años treinta del pasado siglo.

Lo que en el fondo parece disgustar a la crítica crítica es no poder controlar los gustos y los gastos de los compradores de libros, tal y como su vanidad se lo sugiere, o se lo impone algún poderoso grupo editorial. Lo de La Sombra del viento fue, en ese sentido, un fallo clamoroso. Ni la olieron. Ahora esperaban, con la plegadera entre los dientes, la oreja en el móvil y el dedo índice en el teclado, que Zafón siguiera por un campo más que trillado, roturado seis millones de veces y, sin embargo, el autor barceloní (sin dejar del todo aquel pago) emprende un camino nuevo y brillantísimo, abriéndose una trocha para pasar adelante, armado de los diálogos más ingeniosos e inteligentes que se han leído por estos lares en los últimos años.

Ahora esperaban una novela en la que se hubiera podido reconocer fácilmente la obra anterior, tras habilidosos desenmascaramientos críticos; pero el autor se les adelanta y les ofrece pruebas y evidencias de lo que pretendian buscar (tras laboriosa hermenéusis) a cada paso y luego construye una ficción deslumbrante y radicalmente nueva. Tengo la impresión de que a Ruíz Zafón todo eso no le importa mucho, porque sabe que su público le seguirá en cierta medida, aunque quizá no tanto como sería lo esperable si hubiera en España una crítica con criterio.

Me atrevo a pronosticar grades desdenes e ínfulas perdonavidas, como se terminó por hacer con el pobre Harry Potter, culpable de lesa literatura, tras haber conseguido el milagro de que millones y millones y millones de niños y adolescentes se acercaran al fenómeno maravilloso de la lectura. Pero la crítica española, al menos por ahora, no da para más.

viernes, 18 de abril de 2008

textMD Technical Metadata for Text

Esta es una de las normas que faltaban y que confirma la absoluta predominancia del texto completo en las aplicaciones bibliotecarias (nada que no sea así es concebible, después de Google) y la necesidad de normalizar estructuras textuales como TEI, METS/Alto, etc. para favorecer el intercambio de información.

Al menos, esa es mi primera impresión sobre una norma que se llevaba debatiendo ya algún tiempo y que en estos momentos históricos (el diseño de Europeana, las RDA, etc.) tenía que aparecer necesariamente.

Habra que ver cuál es su alcance y dónde se encuentra su límite: pero el objetivo parece claro.